En su balance de la revolución de 1848, Friedrich Engels lamentaba el peso de la “parcelación política” de Alemania. Faltaba un gran centro, “como Londres y París”, cuyas decisiones pudieran con su peso “eludir la necesidad de resolver combatiendo la misma cuestión en cada localidad”. Más allá del Rin, una batalla emprendida en París valía para toda Francia. En el área alemana, el legado histórico del particularismo y de la división, junto con la pluralidad de las capitales regionales, obstaculizaba en cambio la revolución demócrata- burguesa.
Contrariamente a lo esperado por Marx y Engels, quienes desde hacía tiempo habían previsto “una gran pelea a la francesa”, en poco más de veinte años el punto muerto fue solucionado por Prusia con su revolución “desde arriba”. Ni Berlín pudo quitarse, sin embargo, de la regularidad histórica indicada por Engels. Tampoco le bastó a Otto von Bismarck su legendaria destreza diplomática en el juego de equilibrio, sino necesitó tres guerras – contra Dinamarca, contra Austria y contra Francia – para derrotar a los centros de fuerza que por fuera influían en los Estados alemanes, condicionando la unificación.
Se puede ver en la actual crisis una batalla de Grecia e incluso una batalla de España, donde continúa el intento de extender a Europa del Sur la “cultura de la estabilidad” que la canciller alemana Ángela Merkel declaró “irrenunciable”.
En la actualidad es imposible diferenciar entre revolución nacional y unidad europea imperialista. La combinación federal y confederal de 27 Estados requiere batallas seguidas en las diferentes capitales para encontrar solución.
Construimos sobre la base de esta analogía, en los años del debate sobre la Constitución europea, las imágenes de una batalla de Francia en que fue definida muchas veces la relación de París con Bonn y luego con Berlín, de una batalla de Italia que ancló a Roma al ciclo europeo, y de una batalla de Inglaterra que todavía ha de ser enteramente combatida. Fue el eje renano la fuerza centralizadora, a partir de la potencia alemana pero en conexión imprescindible con la influencia francesa. También en este caso se impone una combinación entre guerras externas y juego de balanza: la URSS derrumbada entre 1989 y 1992 y obligada a abandonar Berlín, los Estados Unidos inducidos a una reluctante neutralidad.
En este sentido se puede ver en la actual crisis una batalla de Grecia e incluso una batalla de España, en que continúa el intento de extender a Europa del sur la “cultura de la estabilidad” que la canciller alemana Ángela Merkel declaró “irrenunciable”. La conexión con los combates de los años Noventa surge en algunos comentarios de la "Frankfurter Allgemeine Zeitung", que es la severa guardiana de la doctrina alemana de la disciplina presupuestaria. Günther Nonnenmacher relativiza las “oleadas de crisis y de inquietud” que a veces parecen amenazar las relaciones franco-alemanas. Quien no tenga “una memoria a corto plazo”, afirma, recordará las tensiones análogas cuando Helmut Kohl y su ministro de Hacienda Theo Waigel impusieron los criterios del "pacto de estabilidad", o recordará las alarmas acerca de lo “nuevo modelo impositivo” después de la reunificación. Según Waigel, el euro ha proporcionado una estabilidad a Europa que el marco no habría podido garantizar, “la mayoría de los países latinos ha cambiado su propia política financiera” y de todos modos la moneda única “está en el interés nacional de Alemania”, porque impide que la capacidad de competencia alemana sea perjudicada por las devaluaciones competitivas. Tobias Piller, desde Roma, prospecta para Atenas la vía italiana, admitida al euro bajo una imposición de “dolorosos recortes al presupuesto, reforma de las pensiones y aumento de los impuestos”.
La cuestión que la crisis ha vuelto a proponer es si tantas batallas han concluido la guerra, o al menos si la unidad política de Europa ha pasado el punto de no retorno en la centralización de los poderes estatales. Cada vez que se presenta la ocasión las fuentes británicas y americanas atacan, pero se comprende que su memoria corta es al mismo tiempo interesado olvido y también efectiva expresión de la tradición cultural anglosajona. La difusión de la duda sobre la propia supervivencia del euro o plantear la hipótesis de una doble moneda, una para el Norte y otra para el Sur de la Unión, es una clara herramienta en la contienda. Entre otras cosas, aparece en el debate en el interior de Alemania, donde regularmente el compromiso europeo está precedido por duras reafirmaciones relativas a la primacía alemana en la política económica y monetaria, como prueba precisamente lo afirmado por la "Frankfurter Allgemeine". Pero las culturas políticas británica y americana están predispuestas por su inclinación pragmática e incluso simplistas a leer sólo en lo práctico los pasajes políticos que tuvieron, en cambio, valor estratégico. Hay que tener en cuenta Maastricht y la sanción de la UE como Unión política, la federación en el BCE del poder monetario, el equilibrio de los poderes definido en el Tratado institucional.
Si el conjunto de los poderes de gobierno de los Estados europeos suscribió la elección de estructurar en la Constitución poderes políticos comunes, de todos modos en aquella decisión se reflejaba “una elección estratégica de los grupos básicos europeos”, que de algún modo habría encontrado expresión.
Otro problema es el grado de centralización política o su eficacia en los tiempos impuestos por el choque internacional, puestos a prueba en las decisiones tomadas por el Consejo Europeo y por el Banco Central Europeo el 9 y 10 de mayo. Lorenzo Bini Smaghi, del ejecutivo del BCE y responsable de las relaciones internacionales, coteja los procesos de decisión en los EE.UU. y en la Unión Europea. Escribe en el "Corriere della Sera" que “Por fin Europa ha actuado”, y por lo demás “frente al mismo enigma” el Congreso americano en septiembre de 2008 había rechazado los fondos para evitar la quiebra del banco de negocios Lehman Brothers y en 1995 había denegado la salvación de la crisis de la deuda de México, “apenas entrado en el acuerdo NAFTA”. Son “los tiempos de reacción” de las democracias que no parecen adecuados “para la velocidad de los mercados globales”. Criticadas por varias partes por su táctica de espera, Ángela Merkel remite a la naturaleza de los procesos de decisiones en la UE. En el momento crucial la Unión ha demostrado que sabe actuar, aunque “después de una larga batalla, como es normal en Europa”.
La cuestión merece una aclaración de análisis y una de método. A las tesis de un retraso de las cumbres europeas, y de una asimetría entre BCE federal y Consejo Europeo condicionada por los Estados, han de unirse al menos dos consideraciones. En 2008, al comienzo de la crisis global, indicamos el papel del BCE como “ancla federal” y la acción de su presidencia en el límite con la “suplencia política”, pero ya entonces Jean-Claude Trichet no actuaba en el vacío, sino en conexión con las cumbres de Alemania y Francia.
Este rasgo vuelve en las horas cruciales del 9 de mayo, y las consultas limitadas del trío Merkel-Trichet-Sarkozy son tal vez la imagen más ejemplar de los poderes de excepción movilizados en la batalla decisiva. Al lado de aquella especie de superpresidencia, hay que subrayar el papel del Consejo europeo de los Veintisiete, que se ha confirmado en una combinación entre poder ejecutivo de la Unión y súper Senado continental.
A nivel de método, hay que añadir que la imagen actual de la "política" que decide contra los "mercados" puede despistar, encadenada desde el punto de vista anglosajón que identifica los mercados financieros, y las plazas de Londres y Nueva York, con las determinantes económicas tout court. Es reveladora la bronca polémica del "Financial Times", según la cual una razón del ataque contra el euro “es que las elites burocráticas y políticas no desean, no comprenden, ni quieren comprender los mercados financieros” e inculpan los “mercados” que “son a menudo una palabra en código para EE.UU. y Gran Bretaña, o al menos para sus sectores financieros”.
En nuestra visión marxista de la formación económico-social y de la relación entre poderes políticos y económicos, en la pluralidad de los poderes políticos se expresan las voluntades de los poderes económicos, por lo que en el análisis de los hechos políticos reflejados en las instituciones clave de la clase dominante aparece también la huella para remontar a los hechos económicos determinantes, puesto que se trata de un proceso dialéctico y no mecánicamente correspondiente. Discutimos la cuestión al comienzo del atormentado proceso de ratificación de la Constitución, que habría durado casi cinco años. Si el conjunto de los poderes de gobierno de los Estados europeos suscribía la elección de estructurar en la Constitución poderes políticos comunes, de todos modos en aquella decisión se reflejaba “una elección estratégica de los grupos básicos europeos”, que de algún modo habría encontrado expresión.
Aquel criterio de método que aplicamos al proceso constitucional con mayor razón ha de ser aplicado hoy que aquellos poderes políticos europeos actúan en el marco del nuevo Tratado. En este sentido interpretamos las decisiones del jefe del BCE Trichet, de la presidencia permanente de Herman Van Rompuy, de la presidencia del euro-grupo de Jean-Claude Juncker, del Consejo europeo de los jefes de Estado y gobierno, del Ecofin de los veintisiete ministros de Hacienda y etc. Los retrasos respecto a la emergencia nos pueden decir lo difícil de la centralización política o grado de falta de correspondencia, pero la decisión política al fin y al cabo ha venido, además desde el BCE, desde el poder ejecutivo del Consejo. En aquella forma ha actuado precisamente como gobierno europeo, en el sentido de ejecutivo confederal, y de Senado europeo, en el sentido de la Cámara de los Estados. Ella establece a mayoría cualificada y voto ponderado, pero representa de manera distinta – análogamente al Senado de EE.UU. – a todos los 27 miembros de la Unión.
Esta es la “tempestad política” sobre el euro: en el choque entre Unión y "mercados" aparece, de hecho, el choque político prevaleciente entre grupos y fracciones básicas de la UE, que han recogido su línea general en los poderes de la Unión, contra otros grupos del área atlántica.
Esta es la “tempestad política” sobre el euro: en el choque entre Unión y "mercados" aparece, de hecho, el choque político prevaleciente entre grupos y fracciones básicas de la UE, que han recogido su línea general en los poderes de la Unión, contra otros grupos del área atlántica. Éstos contestan o al menos intentan condicionar, como es el caso británico, la posibilidad de que las grandes concentraciones económicas de la Unión actúen empuñando sus herramientas políticas continentales. Eso no evita choques y tensiones dentro de las diferentes áreas, porque en cada sector del imperialismo la centralización política es un proceso y no un dato adquirido, y por el hecho de que los grandes grupos internacionalizados actúan en todo escenario del mercado mundial y ejercen de manera cruzada su influencia. Como el largo ciclo de la deuda sólo está al comienzo, otros combates serán inevitables.
Traducido de Lotta Comunista N.477, mayo de 2010
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