El ascenso de potencia puede empujar a la cautela estratégica, el declive a la intervención. China más que en ascenso ya ha «ascendido», y parece perseguir una «doctrina Monroe asiática» propia, es decir, una verdadera esfera de influencia exclusiva. Que Asia está modificando la balanza global entre las potencias es un hecho. El «mundo multipolar», seguramente previsto desde hace tiempo pero percibido en una perspectiva lejana, ha hecho una irrupción repentina.
En el mundo hay más de 200 enfrentamientos territoriales. Pero cada roce y cada episodio que convierta en crisis un conflicto crónico no es importante por sí mismo sino por cómo lo tratan las potencias contendientes. Los incidentes fronterizos entre las dos Coreas y las tensiones marítimas en el área muestran el desplazamiento de la balanza de potencia más que en el pasado puesto que allí se refleja allí una mutación del peso de China que ya no tiene sólo efectos regionales.
Z. Brzezinski, uno de los viejos expertos de la política exterior norteamericana, destaca una distinción crucial. Reina la incertidumbre en la actitud de Corea del Norte, sin embargo si eso ocurre es porque se diferencian las perspectivas de las dos mayores capitales involucradas, Washington y Pekín. China, escribe en el Financial Times, es una potencia que tiene confianza en sí misma, percibe las mutaciones tectónicas de las relaciones internacionales como favorables y eso la vuelve reacia a intervenir. Estados Unidos está en una fase histórica diferente, el debate interno está dominado por la percepción de que la historia actúa en su contra y eso la impulsa a la movilización política. La pasividad china puede favorecer una «subreacción» que dejaría espacio para nuevas provocaciones por parte de Pyongyang; el activismo norteamericano puede ser considerado en Pekín como una peligrosa «sobrerreacción».
El ascenso de potencia puede empujar a la cautela estratégica, el declive a la intervención. Brzezinski le da la vuelta a muchas representaciones corrientes, donde China se compara con la Alemania de Guillermo de los primeros años del Novecientos. La intención del antiguo Consejero de Seguridad de Jimmy Carter es favorecer una convergencia entre Washington y Pekín, por lo que el espíritu dialéctico de su observación merece la atención.
El periódico JoongAng Ilbo, diario con orientación conservadora unido al grupo Samsung, ve en el activismo de Washington las señales de una «competición hegemónica» en la región de Asia-Pacífico. Según Oh Young-hwan, responsable de asuntos exteriores del periódico, Barack Obama parece emular en Asia la política de Winston Churchill, en la estrategia de una «gran alianza» contra Alemania. Según Churchill desde hacía cuatro siglos la política británica había sido la «de oposición a la potencia más fuerte en Europa uniendo contra ella todas las potencias menores». Por lo tanto, no una es una «elección» sino una «regla» de la política de balanza: difícilmente, parecen concluir en Seúl, los EE.UU. podrían eludirla.
Desde Londres, donde el Financial Times sigue el legado de aquella tradición política británica, llega una versión más articulada, pero no menos alarmada por la carga de tensiones que hace vislumbrar. Para Philip Stephens, redactor-jefe del periódico de la City, estamos frente a una desviación imprevista de la historia. China más que en ascenso ya ha «ascendido», y parece perseguir una «doctrina Monroe asiática» propia, es decir, una verdadera esfera de influencia exclusiva. El «mundo multipolar», seguramente previsto desde hace tiempo pero percibido en una perspectiva lejana, ha hecho una irrupción repentina y «dos siglos de hegemonía occidental se encaminan hacia el final antes de lo supuesto por la mayoría».
En 2011 las potencias ascendentes, como China, India, Brasil, Turquía o Indonesia, crecerán probablemente un 8%; las viejas potencias «cargadas por la deuda» padecerán para obtener un crecimiento que supere el 2%. La división global «resulta tanto entre las naciones de bajo o alto crecimiento como entre las ricas y las ascendentes»; por consiguiente, la balanza estratégica se va modificando: China se consolida en el Este de Asia, India prepara una fuerza naval de alta mar, Turquía y Brasil tratan de convertir influencia regional en potencia internacional, Indonesia oscila entre Washington y Pekín, Europa «lucha contra la irrelevancia» y Norteamérica contra el déficit publico creciente y el punto muerto político. Washington conserva todavía la primacía, es «la única nación capaz de proyectar su fuerza por todo el mundo», pero no puede imponer sus soluciones. Las potencias emergentes se encuentran en la fase en que buscan las ventajas de la potencia sin los compromisos de la responsabilidad. El Grupo de los Veinte es una herramienta para la cooperación en el campo económico pero mucho menos para la de la seguridad y la política internacional. Las potencias emergentes «anteponen la fuerza a la ley internacional, la soberanía al multilateralismo». La transición hacia un nuevo orden verá más fácilmente «rivalidad y competición que cooperación».
Es necesario subrayar que David Pilling, siempre en el Financial Times, responde al juicio de Stephens sobre una China que ya ha cumplido su ascenso, prefiriendo la imagen de una potencia todavía «adolescente». Un número especial de Foreign Affairs, la revista del CFR, trata de examinar las relaciones globales en la próxima década e indica una confrontación análoga entre los analistas norteamericanos. Stewart Patrick, en la plantilla del Departamento de Estado entre 2002 y 2005, destaca tesis parecidas a las de Philip Stephens. El mundo permanece más «hobbesiano» que lo que la Casa Blanca admite, el nuevo orden global podría producir una «multipolaridad sin multilateralismo», exacerbando las rivalidades entre viejas y nuevas potencias, y de las potencias emergentes entre ellas.
Joseph Nye, uno de los hombres de la política exterior de Bill Clinton, rechaza como «metáforas muy despistadas» las tesis de un ocaso estadounidense estructural, en comparación con Roma o con el Imperio Británico. China necesita todavía tiempo y los Estados Unidos pueden maniobrar entre quien está alarmado por su crecimiento; los riesgos de «sobreextensión imperial» son exagerados; los EE.UU. mantienen ventajas decisivas en la competitividad, en la disponibilidad de la fuerza-trabajo cualificada y en la capacidad de producir alianzas y redes de relaciones. Nye mantiene el fondo optimista de sus tesis respecto al papel del «soft power» en las relaciones internacionales aunque, sin embargo, parece estar a contracorriente después de que las consecuencias de la crisis hayan vuelto a encaminar el debate estadounidense hacia las incógnitas del ocaso.
Richard Haass es presidente del CFR y condujo la planificación política del Departamento de Estado con George W. Bush, antes de darse de baja por disentir respecto a la guerra en Irak. Roger Altman fue vicesecretario de Hacienda con Robert Rubin en el primer gobierno Clinton. Escriben que la potencia norteamericana está amenazada en el interior, por una «dependencia de la deuda» que perjudicará su fuerza estratégica. La merma de confianza en la capacidad de Washington para controlar su deuda podría producir una crisis del dólar en los mercados financieros globales. La mitad de la deuda está en el extranjero, casi un cuarto sólo en China. En tiempos normales, China estaría interesada en la buena marcha de la economía estadounidense. Pero en caso de contienda, «por ejemplo sobre Taiwán», Washington estaría sujeto a las mismas presiones que los Estados Unidos ejercieron sobre el Reino Unido en la crisis de Suez de 1956, cuando el chantaje contra la esterlina obligó a Londres a retirarse. Según Altman y Haass, la senda forzosa es la del saneamiento financiero, con recortes del gasto y de aumentos fiscales como hizo la Gran Bretaña de David Cameron.
También para Leslie Gelb, presidente emérito del CFR, el reto de los Estados Unidos es el de conciliar su política exterior con la economía, en una era en que el PIB «vale más que la fuerza». Con una referencia histórica discutible, porque remite a las presidencias Truman y Eisenhower en un período de primacía de los Estados Unidos, Gelb sostiene, sin embargo, que la prioridad del saneamiento económico no debe generar la duda sobre una renuncia estratégica en menoscabo de la seguridad. La mirada se dirige inevitablemente hacia Asia. A China «le faltan todavía décadas para llegar a la capacidad de proyectar fuerza militar y sostenerla más allá de sus fronteras»; de todos modos India, Japón y Estados Unidos «tendrían todo el tiempo para reaccionar y contrarrestar a una China agresiva». En sentido lato, «contención y disuasión» actúan en Pekín a nivel económico, debido al peso del intercambio comercial y las grandes inversiones en los Estados Unidos. Sin embargo, no puede excluirse que China aumente la tensión militar en Taiwán o en el Mar de China Meridional, por eso «Washington ha de mantener fuerzas áreas y navales en dichas regiones» y volver inequívoca la capacidad de disuadir a Pekín de cualquier ocurrencia.
Que Asia está modificando la balanza global entre las potencias es un hecho; difiere la evaluación de los tiempos de la mutación; es decisivo que la crisis confirme la diferencia en los ritmos entre viejas y nuevas potencias. Para todas las corrientes, de todos modos, el rearme en Asia está a la orden del día.
Traducido de Lotta comunista N. 484, diciembre de 2010
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